
No es su culpa Don Álvaro que yo no duerma todas las noches, que el té de tilo no sea más que un rito inútil, y que yo cuelgue el rostro de la abuela arriba de mi cama para que cuide mis sueños, sin ningún éxito. No es su culpa que yo haya vuelto a colgar sus fotos en la pared, sin saber que él no había vuelto aún, y que un beso al atardecer puede resultar absurdo. Y sabe usted por qué no es su culpa. No es su culpa, porque cuando me preguntaron que haría si usted estuviera todavía aquí, yo creo que usted no lo conocería. Sé que no se sorprende, los dos sabemos bien que usted nunca creyó en el amor, ni en el mío, que yo le puedo asegurar que siempre estuvo ahí. Pero tiene usted razón, ya para qué.
No crea Don Álvaro, a pesar de todo a mi me sigue atormentando la idea de que usted no fue feliz. Que ni siquiera yo, amándolo hasta el final, le pude hacer entender a usted que sí valía la pena estar aquí. No me vea de esa manera, ya sé que ya no importa. No me pida que no llore, no me pida que no lo extrañe, aunque lo odie tanto.
Tampoco lo culpo de este último mes de tristeza, de quitarle las fechas a mis días, de la computadora que no sirve, el cielo que no deja de llover, y él que no llama. No qué va, si la tristeza la dejé entrar yo, si este mes de soledad no ha sido más que mi decisión de no ser infeliz. No sabe usted verdad, no recuerda. No sabe usted de estas cosas, usted que siempre supo lo que había que hacer.
De qué sirvió que me extrañara hasta el último momento, que su mensaje fuera que se iba a ir sin verme, si usted no tuvo la valentía de llamar a mi puerta, de decirme antes de irse, que tal vez sí había existido un amor en su vida y que ese era yo. Pero usted se fue, emprendió ese viaje tan lejano, porque sabía muy bien que era más fácil huir. Cobarde. No hay tiquete de vuelta.
Y por eso sí es su culpa que yo, le tema tanto al amor. Recuerda usted muy bien todas sus palabras, todos sus actos, todas sus ausencias. Admite con culpa y con la cabeza gacha que usted no llegó aquella tarde. No llegó tantas tardes. No me intente hacer creer que está arrepentido, una vez más usted no puede mirarme a los ojos. Para qué aquella orquídea pidiendo perdón, si nadie más que usted podía romperme el corazón de la manera que lo hizo. De qué manera destruyó en un segundo, todo cuanto yo lo amaba. Cuánto desastre dejó a su paso.
Ahora la gente pelea una casa vacía, se atribuye robar tenedores finos, y haber botado millones en orquídeas. Recuerda usted ese santuario. Fue tal vez su único lugar para ser feliz. Y adivine qué, ese lugar me fue vetado. Porque usted, nunca le puso nombre a la vida, no quiso nunca ubicar almas, o al menos proteger la mía, muy a sabiendas de lo que me iba a tocar. Sabe usted don Álvaro cómo murió Akito. Murió como el resto de sus cosas, envenenado. Y ahora sí lo veo llorar. Como aquella vez, que en la esquina de su cama, usted lloraba recitando una poesía que hablaba de morir sólo. Era ese su anuncio, trataba usted de advertirme que yo tenía que estar ahí siempre? No hubiera sido más fácil pedirlo. Mire don Álvaro en lo que me he convertido. Y aunque yo insista en culparlo, usted sabe bien que no es su culpa, y ni siquiera por eso tiene ya paz. Porque sí don Alvaro, puede que usted no haya creído en el amor, pero usted sí me amó. Es por eso que vuelve, es por eso que odia que lo odie, porque sí es su culpa don Alvaro, que yo siga escribiendo esta carta eterna.